miércoles, 22 de septiembre de 2010

El culo con las témporas

Cuando se trata de relacionar dos temas que en apariencia no tienen nada que ver, en castellano hay un dicho que reza: "no se debe confundir el culo con las témporas".

Pues bien, venía yo hoy de mi trabajo y al pasar por delante de la calle Leonor de Plantagenet vi las, ya tratadas en este blog, famosas escaleras mecánicas, que avanzan en su montaje, de tal forma que ya puede visualizarse cómo van a quedar definitivamente.

Probablemente estén terminadas mucho antes de las elecciones de 2011, para que de ese modo la alcaldesa pueda ofrecer uno de los logros de su gestión a la ciudadanía que vaya a ejercer su derecho al voto.

Pues, como digo, venía yo de mi trabajo, y de ganarme el sueldo laboriosa y honradamente, intentando enseñar a mis alumnos, y al ver las dichosas escaleras me entró un cabreo tal, que quiero dejar constancia de él en esta entrada.

Como ya dije en otra ocasión, las escaleras son un lujo y un despilfarro, que si lo construyese la señora alcaldesa de su propio bolsillo, a mí como si se la refanflinfa, pero cuando lo que se ha hecho es con mi dinero, eso ya es otra cosa. Porque encima, después de despilfarrar, van y para arreglar el destrozo me recortan casi un diez por ciento el sueldo. ¿Pero, esto qué es? Y es que encima somos gi... y aguantamos como si no pasase nada.

El día 29 me van a volver a quitar más de cien euros en el sueldo, como hicieron en la última jornada de protesta, pero yo, por mínima dignidad, voy a hacer huelga.

martes, 21 de septiembre de 2010

Pequeño gran problema

A veces nos falta la suficiente motivación para solucionar un problema a todas luces soluble.

En el servicio de la casa del pueblo hay varios problemas pero hay dos que destacan porque se manifiestan diariamente.

Uno es el grifo de agua fría o derecho del lavabo.

En el espacio del lavabo destinado a jabonera en ese lado siempre hay un pequeño charco de agua. La causa es que, o el grifo no está bien ajustado, o alguna de sus juntas falta o está en mal estado. 

Obviamente no puede colocarse ahí el jabón porque al humedecerse se ablanda y se deshace en las manos. 

El otro problema está relacionado con el anterior.

Llega un momento en que el charco de agua en el espacio de la jabonera del lavabo se desborda y entonces gotea dejando el charco en el suelo.

La solución es mover el jabón a su lugar determinado: la jabonera incrustada en la pared. Y aquí viene el problema: la jabonera está justo encima del dispositivo para el papel higiénico que también está incrustado en la pared. Cuando se coloca el jabón en la jabonera, el agua que arrastra la pastilla de jabón se acumula y si supera el escaso límite de contención de la jabonera se desborda y gotea. Las gotas de agua caen justo encima del papel higiénico, lo que como uno puede imaginar supone un inconveniente en momentos críticos.

La solución ha sido doble. Para mantener el jabón seco en la jabonera de la pared se ha colocado una jabonera de plástico a la que se le han cosido unos pequeños palos en la base para elevarla y a la vez permitir que el agua que se acumule en ella se filtre a la jabonera de la pared.

Exacto. El agua sigue goteando.

La solución final es que el papel higiénico ahora emigra a la repisa de la ventana o al borde de la bañera situada frente a la taza.

Quizás algún día a alguien se le ocurra arreglar el grifo. 

domingo, 19 de septiembre de 2010

Vir, virtus, virtud

Virtudes que debe tener un yerno ideal:

Amar a mi hija. El amor se palpa en la mirada de él a ella cuando ella no le mira; en cómo le coge la mano cuando pasean; en cómo la admira por lo que hace; en cómo valora lo que ella dice; en cómo procura que ella brille; en cómo respeta su camino distinto; en cómo procura adaptarse a las peculiariadidades de su cultura diferente...

El trabajo y esfuerzo. Se manifiestan en la entrega y energía que él desempeña en los trabajos de la casa: lavar la ropa, preparar la comida, hacer la compra; en la seriedad en su trabajo: en las relaciones con sus clientes, en su afán de superación y mejora.

La ambición: se muestra en hacer progresar su propia empresa; en realizar un hogar soñado; en la claridad en los objetivos y la perseverancia y voluntad en llevarlos a cabo.

El anclaje en valores de siempre: el amor filial; el cuidado de la familia; la elegancia y cortesía con los mayores; el respeto, consideración y reconocimiento de sus suegros; la fidelidad a una tradición de creencias heredadas de sus antepasados; la generosidad de alma y bienes; la honestidad y la honradez.

El sentido del humor: es difícil mantener la sonrisa y relativizar los problemas cuando se pretende iniciar una familia, crear un hogar y procurar los medios para hacer frente a responsabilidades futuras.

Lo difícil es expresar estas virtudes y mantenerlas de un modo natural y continuado, no forzado o impuesto por unas circunstancias especiales.

Felicitadme, porque yo he sido testigo de que todas estas virtudes las tiene el prometido de mi hija. 

N.B.: todo lo anterior lo suscribe mi esposa.

"Virtus" es un derivado de "vir", "hombre"
La "virtus" : conjunto de comportamientos gracias a los cuales el "vir", el hombre, puede mantenerse como tal.

domingo, 12 de septiembre de 2010

De Antiquitatibus

La despensa de la casa del pueblo, esa cueva de Alí Babá, guarda, más que tesoros, chismes y cachivaches que los más se guardaron por si acaso algún día se necesitaban. Entre ellos hay algunos que pueden ser útiles y otros que son la herencia de aquel refrán que reza que quien guarda siempre tiene. No son sólo quincalla; son historia de vidas marcadas por la pobreza de una tierra y la miseria de una guerra.

La despensa venía reclamando a gritos, día tras día, una puesta a punto.

Ella ha estado ayer y hoy un rato cada día limpiándola. Embozada, como forajida al asalto del tren correo, se introduce decidida a llevar a cabo una tarea casi heroica. Mujer sin piedad, quitará de aquí, recolocará allá; ángel del Juicio Final, salvará lo útil y arrojará al infierno del contenedor de basuras de la Mancomunidad lo a todas luces inservible; diosa piadosa, librará del Averno al objeto que pida misericordia, pero para el impertinente y desafiante será la Medusa que da muerte con sólo su mirada.

Al final, de la absoluta anarquía surgirá el orden, y cada objeto adquirirá el protagonismo que se merece.

Como resucitadas del sepulcro del suelo, las botellas en pie encontrarán su cielo; las herramientas diseminadas volverán a su cajón; la plancha en su envoltorio de manta ocupará su destacado lugar sobre el austero baúl de madera de pino; en la vieja librería periódicos viejos, algunos anunciando la muerte de Franco, libros que nadie leerá, zapatos viejos y un juego de accesorios de baño competirán para permanecer vivos una temporada más.

Ella dejará sobre la alacena, que guarda la vajilla de los días de fiesta, la trampa para los ratones que, gracias a Dios, aún mantiene los dos cebos de queso que hace una semana les pusimos.

-- ¿Cuáles son las cosas más extrañas que has encontrado? – pregunta él mientras ella hace un descanso.

-- En un bote metálico de dulce de membrillo había una bolsa de achicoria de la que tomaba tu madre. También una pera (para aliviar el estreñimiento), un antiguo transformador para la radio y tres tapones de bombona en una bolsa.

Cuando reanuda la limpieza, al poco ella viene a preguntar:

-- ¿Qué hago con los periódicos? ¿Los dejo donde están?

-- Sí, sirven para encender el fuego; además, hay algunos muy antiguos.

-- ¿Y con los zapatos? – Se refiere a zapatos de no se sabe quién, que se guardan en el estante inferior de la vieja librería para que los use no se sabe quién.

-- Déjalos donde están –respondo inseguro.

-- Hubiera apostado un millón por esa respuesta.

-- Si fueran míos los tiraría.

-- Bueno, en realidad sólo hay tres pares.

Viene y me enseña un par de lo que parecen zapatillas de estar por casa, forradas y con cordones.

-- Parecen nuevas -- digo y se las lleva resignada.

En la despensa se oye el sonido de bolsas de plástico. Al cabo de un rato ella asoma por la puerta y arroja al pasillo una bolsa llena de otras bolsas.

-- More bags --dice, sonriendo y volviendo a la tarea.


La limpieza está terminada. La imagen del antes y del después me sugiere el contraste entre el Barroco y el Renacimiento. El Barroco es la indefinición de los contornos, la confusión, la línea curva y las formas complejas, el contraste, el movimiento, la perspectiva aérea; el Renacimiento es la claridad de los límites, la línea recta y las formas sencillas, el equilibrio, la quietud, la perspectiva geométrica.

Definitivamente la despensa es ahora renacentista.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Una Gioconda en Truchas

De humilde origen, de portada de un calendario de pared, la “Joven huertana” se ha convertido en la “obra de arte” de la casa del pueblo. Y, aunque relegada a un lugar humilde, al final del corto pasillo entre el servicio y la despensa, ejerce con sus ojos fijos una atracción inevitable a quien la mira, y vigila de modo permanente y hasta indiscreto a los habitantes de la casa.

Enmarcada en un cuadro, sus cuatro listones, trabajados por manos inexpertas, repiten un motivo geométrico que casa poco con el tema amable de la imagen.

El cuadro representa a una joven en la flor de la vida. De cabellos y ojos negros, ejemplo tópico y típico de mujer castiza, su rostro de rasgos sensuales muestra una expresión tímida y como incómoda por el papel que desempeña. Sentada frente a un paisaje de costa brava, bajo un cielo inquieto, semeja una Gioconda campesina. En su regazo descansa una cesta con frutos maduros que hablan de la fecundidad de una naturaleza salvaje y, como nueva Eva, su mano derecha nos ofrece, tentadora pero sin convicción, la manzana.

Lo mágico del arte es que hace que un instante perviva para siempre, mientras todo a su alrededor envejece o muere. Al final la joven tímida ve pasar uno tras otro los años, esperando al incauto que caiga atrapado en su trampa de falsa juventud eterna.

Pobre ingenua, quédate ahí mirando a este ordinario mundo desde esa humilde pero segura atalaya.

Nosotros, ordinarios humanos, seguiremos, al verte, soñando juventudes pasadas y paisajes idílicos, intentando, ingenuos, retrasar el paso inexorable del tiempo.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Tic, tac


En esta casa siempre son las ocho.

Al menos eso es lo que marca el reloj de pared que cuelga en el comedor.

Según me contaron es de origen portugués; seguramente adquirido cuando mi padre estaba destinado en Castro de Alcañices o Nuez de Aliste. Yo no lo recuerdo. Posiblemente es uno de esos objetos que siempre han estado contigo y no les prestas atención.

El reloj es quizás junto con la máquina de escribir Olivetti uno de los objetos más preciados de la casa, sin contar con la máquina de coser de pedales o la plancha de hierro marcada con la cruz gamada que denuncia su fabricación en la Alemania nazi y que adorna la repisa del descanso de la escalera.

De pequeñas dimensiones, el reloj en caja de madera color nogal al que se accede por una portilla, tiene dos partes: el círculo blanco de la cara donde, además de las horas y los punteros, aparecen los agujeros para darle cuerda, y el hueco inferior donde cuelga el péndulo terminado en un disco dorado y los pesos.

El reloj cuando funciona marca los cuartos tocando una, dos, tres o cuatro veces una melodía familiar, según sea el primero, segundo, tercer o cuarto de los cuartos. Cuando ha marcado este último a continuación suenan las horas con el número de campanadas de rigor.

Todos los veranos mi padre era el encargado de ponerlo en funcionamiento. Abría la portilla de cristal y buscaba en la base del reloj la llave que luego introducía en los agujeros situados en la cara y giraba hasta el tope para darle cuerda. Cuando mi padre envejeció me encargaba a mí de la tarea, indicándome que tuviese cuidado y no moviese el reloj para no desestabilizar el péndulo.

El sonido monótono del péndulo, tic, tac, tic, tac, era tal que llegó un momento en que hubo que detenerlo porque molestaba la concentración de aquél que se proponía estudiar en silencio o de aquél que no podía conciliar el sueño por la inoportunidad de la melodía, alegre durante el día pero fastidiosa durante la noche.

Pero el sonido del reloj era una marca de la casa y sin él a ésta le falta algo. Ahora se escucha el runrún del frigorífico o el zumbido de alguna mosca. Y por la noche se escuchan ruidos extraños que, sin que se note en exceso el temor, te animan a arrimarte a tu pareja, que duerme o quizás experimenta lo mismo que tú y no lo quiere reconocer.

El sonido del tic, tac, tic, tac del péndulo, el din, don, din, don de los cuartos, y el don, don, don de las campanadas ahuyentaría todos esos miedos.

Lo romántico seria darle cuerda al reloj pero seguramente no pegaríamos ojo en toda la noche.

Seguiré arrimándome a mi compañera del alma.

jueves, 9 de septiembre de 2010

En busca del fuego

Una de las grandes aventuras del final del verano, cuando el cielo se siembra de nubes oscuras y al sol le cuesta romper y calentar, es encender la cocina de leña. No es asunto de poca monta. Existe todo un ritual que hay que seguir al pie de la letra para asegurar el éxito. Si se consigue, las imágenes tópicas del hombre prehistórico frotando un palo sobre una base o haciendo saltar chispas sobre una cama de hierba seca es algo que adquiere una dimensión singular.

Uno puede imaginar las humaredas llenando la cueva prehistórica si el viento sopla en contra, los ojos llorosos, la tos, el picor nasal que debieron sufrir los hombres, mujeres, ancianos y niños del clan paleolítico. Uno puede ver al encargado de encender el fuego pidiendo paciencia y a los impacientes de que el humo espeso se convierta por fin en llama queriendo probar su destreza. Imaginemos la alegría de ver el blanco de la base de la llama y el chisporroteo de los troncos en las caras ahumadas y tiznadas de los ateridos antepasados.

Pensaríamos que nosotros hemos avanzado y superado tamañas adversidades. En absoluto.

En nuestro caso, cuando prematura o necesariamente, según el distinto aguante al frío, consideramos que ha llegado el momento de emprender la tarea, inventada por el Homo Erectus, de encender el fuego en nuestra cocina de leña, lo primero que debe hacerse, una vez que disponemos del material necesario: cerillas, papel de periódico, palos y troncos, es abrir a tope el tiro de la chimenea, esa pieza horizontal que regula la rapidez de la quema. Luego abrimos la ventana de la chimenea. Encendemos una cerilla y con ella prendemos la primera hoja de periódico que introducimos por la ventana en el hueco y la agitamos con gusto para que provoque aire caliente que ascienda por la hueca columna hasta el cielo abierto.

A continuación colocamos en el hogar de la cocina las capas que formarán el fuego: en la base otra hoja de periódico (llevamos ya dos), encima briznas de paja, pequeñas ramas secas de algún matojo o pequeños palillos, y en lo alto los palos más gruesos. Seguidamente prendemos una cerilla y la arrimamos a la base de la hoja del periódico y ya está.

Pues no. El humo empieza a salir por todas las rendijas de la cocina. La habitación se llena de humo. Abrimos ventanas y puertas. Los habitantes empiezan a quejarse y a emigrar cobardes. Pero no importa, hay que perseverar. Volvemos a abrir la ventana de la chimenea y volvemos a repetir, después de encender deprisa otra cerilla y prender otra hoja de periódico, el agitado en el interior de la chimenea para crear la corriente de aire en el hueco oscuro.

Para entonces el fuego de la cocina se ha apagado. No importa, volvemos a colocar otra hoja, otros palos y volvemos a encender. Esta vez parece que quiere prender. Poco a poco el humo desaparece. Ahora podemos regular el tiro e ir cerrándolo cuidando de que el humo no vuelva a aparecer. Si acaso nos asomamos a la calle y miramos a ver si sale humo por la chimenea. Después de esperar vemos que, como señales de indios, empiezan a brotar y subir algodones de humo al cielo. Ya pueden cerrarse las ventanas y las puertas. Los emigrantes regresan incrédulos como Santos Tomases, hasta que sienten en sus dedos el calor generoso que irradia la testaruda cocina de leña.

Probablemente mañana será más fácil encenderla.

Aunque yo no pondría la mano en el fuego.